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EL SERMÓN DE LA MONTAÑA.- (Parte I)

Introducción.-

Lo que conocemos como “EL SERMÓN DE LA MONTAÑA” es un compendio maravilloso de la Doctrina Moral de nuestro Señor Jesucristo. Nunca nadie ha dicho nada que se le pueda comparar. Hasta los mismos enemigos de la Iglesia, como Renán, han reconocido que “nadie nunca podrá superar el Sermón de la Montaña”.
Dios, siglos antes, había dado a su pueblo la Ley por medio de Moisés en el Monte Sinaí y el Hijo de Dios da la nueva Ley en otro monte. Lo que conocemos como el Decálogo no agota el pensamiento de Dios acerca del comportamiento que espera y exige a nosotros, Jesucristo según sus propias palabras, no vino a suprimir la Ley del Antiguo Testamento, sino a darle su perfecto cumplimiento. El Sermón de la Montaña lleva a la Ley Natural a la Ley de Moisés a su clímax de perfección.

Para el presente estudio las citas Bíblicas serán tomadas por lo general el Evangelio de San Mateo de la Biblia Latinoamericana, que tiene un lenguaje más accesible por haber sido traducida por nosotros. Así mismo os inspiraremos en sus muy ricas notas explicativas y en otros comentarios que por fortuna abundan en la Literatura Católica. Recomendamos tener a mano la Biblia ya que no reproduciremos el texto íntegro del Sermón de la Montaña.
Sin embargo, para la versión de las Bienaventuranzas tomamos la traducción de la Biblia de Jerusalén, que conserva el término tradicional “Bienaventurados” que equivale a “Felices” o “Dichosos” y que encontramos en otras versiones Bíblicas.

LAS BIENAVENTURANZAS (5,3-12)

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos”
Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Da inició al Sermón de la Montaña en el Evangelio de San Mateo con nueve frases tan contundentes como desconcertantes, ya que Cristo ofrece dicha, felicidad, bienaventuranza, exactamente a lo que el mundo considera infelicidad y desdicha.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”

La pobreza no es un bien en sí, como la riqueza no es un mal. No es el simple hecho de ser pobre lo que nos y hace agradables a Dios, sino una actitud espiritual respecto de los bienes materiales, un estilo de vida. Se puede ser pobre lleno de pasiones envidias y odios, como se puede ser rico con magnanimidad, generosidad y desprendimiento interior de las riquezas.
No hay que entender la pobreza de espíritu como simple pusilanimidad. Dios no bendice a los apocados. Del mismo modo Jesús llama Bienaventurados y poseedores del Reino de los Cielos a los puros de corazón, a los que siembran la Paz, a los que son mansos.

Tengamos presente que cuando leemos en el Evangelio la frase “REINO DE LOS CIELOS”, encontramos de modo de hablar de los judíos del tiempo de Jesús, por respeto a Dios, no querían nombrarlo directamente. Aún hoy, en algunos escritos ponen un guión en donde debería aparecer el nombre sacrosanto de Yahvé. Preferían usar otras palabras; El Cielo, el Poder, la Gloria, etc. Por lo tanto la expresión Reino de los Cielos significa exactamente el Reino de Dios, lo mismo que “el Padre que está en los Cielos” significa “Padre Dios”. O sea, que cuando Jesús promete el Reino de los Cielos, no está hablando tan solo de la recompensa que tendremos después de la muerte en el Cielo, sino que está anunciando el Reino de Dios que llega a nosotros ya desde esta vida a los seguidores de la doctrina de Jesús.

Cuando Jesucristo dice “Felices los mansos (o sea los pacientes) porque ellos espiritual y lo material, Los Profetas prometen al Pueblo de Dios un mundo feliz en el que se verían colmadas sus aspiraciones materiales; buenos poseerán en herencia la Tierra.” No es que Jesús prometa una recompensa material. En la Biblia no se distingue claramente entre lo banquetes, jugosos asados, larga vida, buen vino, buen clima en el que no faltarían las lluvias sobre la tierra árida, la liberación de los opresores, un reino de justicia. Pero sobre todo, Dios estaría presente y comunicaría su Espíritu a los hombres; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

Por eso Jesús proclama las Bienaventuranzas como una letanía en que las figuras más diversas representan una misma realidad; la tierra, es la Tierra Prometida por Dios Abraham y que es figura y que es figura dl Reino de Dios.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados”; está diciendo que recibirán a la vez, el pan materia y la Santidad de Dios - Recordemos que en la Biblia la palabra “justicia” significa también “santidad”; estén Gracia de Dios, San José, dice en el Evangelio “era un hombre justo”.

Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados” Mientras estamos en la tierra, es consuelo sentir que Dios nos ama y nos escucha. Pero también es un consuelo saber que cuando El parece no atender nuestras peticiones nuestros sufrimiento, nuestra cruz, tiene un sentido y un valor. Consuelo es también saber ciertamente que Dios dará a sus seguidores, en la otra vida, más que todo lo que pudimos esperar y merecer.
Al llamar Bienaventurados a los que lloran, Jesús no se dirige a personas fracasadas. En la Biblia los que lloran (ls 61, 1) a los pacientes (Sal 37,11) son aquellos que esperan justicia para todos. Dios no se propone satisfacer un sinnúmero de peticiones egoístas, si no que desde tiempos de Abraham, promete una bendición y la salvación de toda la humanidad.

“Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” Tanto San Lucas como San Mateo saben ya por experiencia propia, que es imposible anunciar el Evangelio sin sentir persecución. Ciertamente en muchos lugares la sociedad acepta oficial y teóricamente la Religión Católica, pero en cuanto proféticamente alguien con palabras actuales y gestos concretos intenta aplicar los criterios de Cristo en las relaciones humanas y de los hombres con Dios, surge la confrontación porque dadas nuestras limitaciones humanas, lo que uno cree conveniente y bueno, el otro no lo ve así. Aún dentro de la familia hy enfrentamientos dolorosos entre esposos, padres e hijos, hermanos y parientes. Sucede también por desgracia, que se reacciona con perfecta mala fe por conservar una fortuna , un privilegio, un puesto en la empresa, una relación ilícita, y de la confrontación se pasa a la abierta persecución.

La radicalidad del Evangelio molesta a la sociedad acomodaticia y aburguesada. Esto sucede desde los campos de la política (recodemos la Guerra Cristera en nuestra Patria) y hasta en los mismos conventos, como le sucedió a a Santa Teresa de Ávila o a San Juan de la Cruz.

Las Bienaventuranzas son caminos de felicidad totalmente nuevos y distintos. Nuestra materialidad nos hace desear, porque la necesitamos, cosas materiales, cosas temporales. El peligro radica en absolutizar lo que el mundo ofrece; riquezas comodidades, placeres, poder, vanidades. Ahí no está la felicidad Jesucristo con las Bienaventuranzas abre un nuevo camino al hacerse presente entre nosotros en medio de las dificultades e inquietudes de la vida presente. Inmersos en estas realidades, los cristianos “recibirán consuelo obtendrán misericordia, verán a Dios. Entendemos la paciencia de Dios porque experimentamos una renovación y una seguridad que el mundo no pude dar. Podemos, ahora si, “sembrar la paz”, porque la tenemos y no nos angustia nuestra pequeñez ante las fuerzas del mal. Lo que podemos hacer no tiene comparación con lo que Dios hace en nosotros. Somos felices porque somos reconocidos como hijos de Dios.

El Papa Juan Pablo II desde el Monte de las Bienaventuranzas, el 24 de Marzo del 2000, pronunció estas palabras:
“Es raro que Jesús exalte a quien el Mundo por lo general considera débiles. Les dice: Bienaventurados los que parecéis perdedores, porque sois los verdaderos vencedores; es vuestro el Reino de los Cielos”. Estas palabras pronunciadas por ÉL, que es manso y humilde corazón, (Mt. 11,29) plantean un desafío que exige un profundo y constante cambio en el espíritu y en el corazón.

Vosotros, los jóvenes, comprendéis porque es necesario este cambio de corazón, Conocéis dentro de vosotros y en torno a vosotros una voz contradictoria. Es una voz que os dice: “Bienaventurados los orgullosos y los violentos, los que prosperan a toda costa, los que no tienen escrúpulos, Los crueles, Los inmorales, Los que hacen la guerra, en lugar de la Paz, y persiguen a quienes constituyen un estorbo en su camino- ¡Ellos son los que vencen, dichosos ellos¡ Jesús presenta un mensaje muy diferente. No lejos de aquí, Jesús llamó a sus primeros discípulos, como os llama ahora a vosotros. Su llamada ha exigido siempre una elección entre las dos voces que compiten por conquistar vuestro corazón, incluso ahora, en este monte, la elección entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, ¿Qué voz elegirán los jóvenes del siglo XXI. Confiar en Jesús significa elegir creer en lo que os dice, aunque pueda parecer raro y rechazar las seducciones del mal, aunque resulten, deseables o atractivas.

JESUCRISTO Y LA ANTIGUA LEY

Después del exordio de las Bienaventuranzas, Cristo pasa en el Sermón de la Montaña, a explicar y y llevar a la perfección la Ley dada antiguamente y a la que los escribas habían añadido innumerables minuciosidades. No vino Cristo a suprimir o contradecir la Ley dada por su Padrea a Moisés en el monte Sinaí, pero si a liberarla de las interpretaciones y desviaciones meramente humanas de los escribas y fariseos. (Mt. 5,17).
¡Qué impresión habrán tenido sus oyentes cuando asegura con una autoridad obviamente divina: “Habéis oído decir a vuestros mayores…pero Yo os digo…”¡ Con frases contundentes, con ejemplos clarísimos, de un golpe, eleva y sublima la Ley. Si los hombres habían complicado y malinterpretado la Ley de Dios, Jesucristo le da su auténtico significado, que al tiempo de liberarla de las complejidades farisaicas, la hace más exigente al darle una interioridad y una extensión no conocidas hasta entonces. En el Evangelio de San Mateo, Nuestro Señor va perfeccionando la Ley del Sinaí, pero sin el orden a que estamos acostumbrados.

Perfeccionamiento del 5° Mandamiento. (Mt. 5,21,26)

Según los escribas y fariseos, el lacónico “No matarás” se refería tan solo al acto exterior del homicidio, pero nuestro Señor va mucho más lejos, cortando la raíz misma de un posible daño al prójimo: “Cualquiera que se enoja con su hermano, comete un delito” Mateo .5,22). El pecado no es tan solo matar físicamente sino el simple rencor, el odio, el desear mal al prójimo, el insulto, el desprecio. Habremos de responder ante el Tribunal Supremo de todos esos actos tal vez interiores que nunca llegaron a manifestarse en un acto de violencia, “No saldrás ahí sino cuando hayas pagado hasta el último centavo”. Todo el mal enterrado en nuestra conciencia deberá ser sacado a la luz antes de que entremos en la Luz de la Verdad que es Dios. Si no nos purificamos en esta vida, seremos purificados después de la muerte. Muriendo en pecado mortal, no hay purificación que valga en el infierno, pero aun muriendo en Gracias de Dios, siempre tendremos faltas y deudas que pagar antes de entrar al Cielo.

Más adelante, en los versículos 38 al 48, Jesús continúa profundizando en el 5° Mandamiento. En el Antiguo Testamento, como freno de los desmanes que provoca la sed de venganza, existía la Ley del Talión, o sea, “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero Nuestro Señor condena dicha Ley y lleva a sus discípulos a alturas ciertamente tan sublimes como difíciles de alcanzar. “Ustedes saben que se dijo “ojo por ojo diente por diente”. En cambio Yo les digo:

No resistan a los malvados. Preséntale la mejilla izquierda al que te abofetea la derecha y al que te arma pleito por la ropa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Dale al que te pida algo y no le vuelvas la espalda al que te solicite algo prestado. (Mt. 5,38-42)

Con figuras atrevidas, hipérboles impactantes, Cristo nos está diciendo que la mejor manera de acabar con el mal, es haciendo el bien. Si concedemos al adversario el doble de lo que él pide, se rompe la armadura mental y al final reconocerá que estaba errado. Tenemos en la historia reciente casos notables en que la no violencia activa a cambiado el destino de los pueblos enteros; Ghandi independizó la India del imperio Inglés sin derramar una gota de sangre y Martin Lhuter King logró terminar con la discriminación racial contra los negros en los Estados Unidos de Norteamérica. Ambos dieron su vida por sus ideales, pero triunfaron en bien de los demás.

En el circo romano los sangrientos combates a muerte entre gladiadores, tuvieron su fin cuando San Telémaco ofrendó su vida por ellos ante el César. En el versículo 43 y los siguientes, Jesús llega a extremos nunca soñados, nunca predicados, nunca exigidos: “Ustedes saben que se dijo “Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo” pero Yo les digo: Amén a sus enemigos y recen por sus perseguidores”.

Si confundimos el amor con un sentimiento agradable hacia los demás, evidentemente no podríamos amar a los que nos han hecho daño. Pero el amor no es tan solo un sentimiento, sino un acto de voluntad de hacer el bien al prójimo, sea quien sea. El mismo Jesús, en su pasión humanamente no podía haber “sentido” nada agradable por sus verdugos judíos o romanos, pero desde la cruz ora por ellos aduciendo que “no sabían lo que hacían”. A nuestros enemigos, podemos y debemos devolverles bien por el mal que nos han hecho. Eso es amor del bueno sintamos lo que sintamos.

Por eso más adelante Jesucristo añade “Porque si ustedes aman a los que los ama”, que premio merecen ¿no obran así también los pecadores? ¿Qué hay de nuevo si saludan a sus amigos? ¿No lo hacen también los que no conocen a Dios? (Versículos 46 – 47)

Esta enseñanza sublime la supieron predicar y vivir los discípulos, como San Esteban que muere orando por sus asesinos, o como nos lo recomienda San Esteban que muere orando por sus asesinos, o como nos lo recomienda San Pablo en múltiples ocasiones (Rom. 12,14 y 13, 9; Gál.5,14;4,12; Ef, 5,1)

Nuestro Salvador nos propone dos motivos de aliento pára amar a los enemigos: el ejemplo del Padre Eterno que hace el bien a los buenos y los malos y además nos promete como premio, ser hijos de ese mismo Padre Bondadoso.

Termina Jesús poniéndonos un ideal ciertamente inalcanzable, pero al cual debemos tender con todas nuestras fuerzas; por lo tanto, sean perfectos como es perfecto su padre que está en el cielo” (v 48).

“No cometerás adulterio” “No codicies la mujer de tu prójimo” (Ex. 20, 14, 17) dice escuetamente el Decálogo. La mujer era considerada entre las “cosas” del hombre. Así como se prohibía codiciar su casa, su burro y su buey, tampoco había que desear a su mujer. “No codicies nada de lo que le pertenece”. La Mujer pertenecía al hombre como una cosa más. En la práctica se interpretaba prohibiendo los actos explícitos de la infidelidad, pero Jesucristo va más allá; no solamente ordena extirpar hasta la raíz.

Del adulterio, o sea simple deseo previo al acto, sino que equipara a la mujer al hombre. Tan adúltero sería el hombre como la mujer en caso de infidelidad. Cuando ponen en su presencia a esa mujer sorprendida en adulterio para ver si aprobaba la costumbre machista de apedrearla a muerte, su cómplice en el pecado de adulterio no corría prácticamente ningún peligro a pesar de que en libro del Deuteronomio la Ley establecía lo siguiente“ “Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos; el que se acostó con ella y la mujer, Así extirparás la maldad de ti” (Deut. 22, 22) De hecho como suele suceder aún en nuestros días, la pecadora era la mujer y la condenada a muerte era ella, no él..

Por eso Jesucristo aclara que delante de Dios, tan culpable es el hombre como la mujer, tan culpable pecador es él como ella. No hay dos morales distintas para hombres y mujeres. Sabe bien además Nuestro Señor que de los malos pensamientos, de los malos deseos consentidos, sigue el acto positivo si se presenta oportunidad..

Es por eso que en sentido figurado añade “si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácatelo y arrójalo lejos de ti: pues mejor está de perder uno de tus miembros que no todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mt. 5, 29) Y lo mismo dice de la mano derecha, la más útil. Es tan fácil perder la castidad, es tan tentadora la infidelidad, que no debemos retroceder ante las más severas medidas para evitar el pecado.

Todo lo que sea ocasión próxima de pecado, debe ser cercenado aunque llamadas Derecho Canónico, prevén una serie de casos en los que el matrimonio fue nulo (por ejemplo cuando uno de los contrayentes se había casado anteriormente) y lo declara así simplemente La Iglesia no “divorcia” a nadie porque no tiene la facultad para ello, pero si dictamina después de un juicio muy profesional y muy serio; que los aparentemente casados, en realidad son libres y pueden por tanto casarse por la iglesia.

Continuará (Parte II)

 


 


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