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TEMA: UN SEÑOR CON 300 AÑOS DE VIDA.-

DE: RICARDO GARCíA ROSELL.-

La imaginación de los españoles que vinieron al Perú en la época de la colonia, se nutría de intensas visiones, ganosa de milagros y prestigios. Accionando sobre su fervor religioso, despertaba en ellos afición inflexible y ciega por las formas externas del culto y por las prácticas de aparatosa devoción. El espíritu de proselitismo conquistador que los dominaba y el carácter intransigente de su fe, los hacía degenerar en fanáticos irreflexivos, que esperan la salvación y la salud, no de las buenas obras, sino de los ritos exteriores, en cuya magnificencia fincan mas esperanzas que en la rectitud de los procedimientos y en la sinceridad del corazón.

El indio Peruano de por sí melancólico y soñador, admirando al español, contagiose de iguales tendencias. Lo vistoso de ciertas ceremonias les apasionó con facilidad, y a pesar de su carácter grave y reservado, las creencias nuevas, traídas por la conquista, excitaron su entusiasmo.

Si a estas dos tendencias agregamos la inclinación de los negros procedentes del Africa, con la nostalgia de la patria ausente y sus atavismos de superstición fetichista, no hay porque extrañar el fervor extraordinario que despertaban en Lima las solemnidades del culto, durante el periodo colonial, en que tendían a fundirse, actuando bajo condiciones de influencia bien diversas, las tres razas que vinieron a formar sus vecindarios: españoles, indios y africanos.

Tal conjunto de circunstancias étnicas, unidas a la dulzura constante del clima, contribuyeron para dar a Lima ciertos rasgos de fisonomía propia. La hicieron una ciudad donde, por razón de ser asiento del virreinato mas importante de América, se acumulaban grandes riquezas, se desarrollaba el lujo y el refinamiento y se realizaban las fiestas mas fastuosas, arraigando hábitos de ostentación y de grandeza que se extremaban en las solemnidades del culto religioso.

Entre otros restos de las antiguas costumbres, que el tiempo se empeña en borrar, subsiste hasta el día cierto apego a determinadas fiestas de iglesia, a las procesiones o romerías, que consisten en pasear por las calles imágenes y emblemas religiosos, llevados en andas y seguidos por un concurso de fieles, con todo el boato y reverencia que desplega la iglesia católica en las grandes ocasiones.

A mediados del siglo XVII, existían cuatro grandes solares en el barrio entonces denominado Pachacamilla, que cae hacia la parte occidental de la ciudad. En uno de ellos se hallaba establecida una "cofradía" o asociación de negros, que se decían Angolas, por proceder de la Nigricia Meridional, centro de la sazón de un activo comercio de esclavos.

Alguien pintó hacia el año 1654, sobre la muralla interior de la "cofradía" una imagen del Cristo Crucificado.

Los negros le rendían culto y le presentaban sus ofrendas cuando sobrevino el 13 de Noviembre de 1655, un gran temblor, cuya conmoción se extendió a cien leguas por la costa. El sacudimiento fue terrible. En la plaza principal de la ciudad se abrieron dos profundas grietas y se vinieron al suelo numerosos edificios. Del solar de los Angolas no quedaron mas que escombros, con excepción del lienzo de la pared en que estaba pintada la imagen de Cristo, el que se conservó intacto en medio de las ruinas.

Años más tarde, habiendo sido abandonado el solar de Pachacamilla y dejado de pertenecer a la "cofradía", el nuevo propietario trató de borrar la pintura existente en la pared; pero, a pesar de sus diligencias y de las repetidas capas de cal que le hizo aplicar, la imagen de Cristo reaparecía siempre por encima del blanqueo, cada vez mas brillante y con tonos mejor pronunciados.

Pronto se divulgó la noticia del prodigio. La piedad de los vecinos intervino, y en 1|670, un individuo llamado Andrés de León, se consagró a cuidar la imagen. Cubrió la pared con una ramada y el Señor de los Milagros o de las Maravillas, que el primer nombre que le dieron, comenzó a ser objeto de la veneración de los fieles.

En corto tiempo, el crédito del Señor de los Milagros se acrecentó de un modo notable. La ciudad entera ponderaba sus prodigios y la ramada provisional, levantada por León, se cubrió de ofrendas de oro y plata, en señal de la eficaz acogida que prestaba la imagen al ruego de los devotos.. Su prestigio que adelantaba cada día, llegó al máximo, con motivo del nuevo terremoto que afligió la ciudad el 20 de Octubre de 1687, cuyos estragos fueron mayores que los sufridos anteriormente, pues el mar inundó los puertos del Callao, Chancay, Cañete y Pisco, y en Lima perecieron mas de cien personas, sepultadas en el derrumbe del Palacio de Gobierno y varios templos y casas particulares.

Después de esta catástrofe, el Cabildo, impresionado con los hechos singulares que se atribuían a la imagen de Pachacamilla, acordó jurar al Señor de los Milagros por Patrón de la Ciudad, ceremonia que se cumplió en sesión solemne y con todas las formalidades del caso, dando lugar a una procesión en señal de ruego y desagravio.

El capitán don Sebastián de Antuñano y Rivas mandó, por aquel entonces, levantar una capilla en reemplazo de la antigua ramada, y luego se erigió un beaterio al que se trasladaron en 1698, las beatas que se habían congregado en una casa del barrio de Monserrat cedida por doña Lucila Maldonado y Verdugo y que presidía como superiora la madre Antonia Lucía del Espíritu Santo.

En 1699 se ensanchó el beaterio con las rentas que cedió doña María Fernández de Córdova, viuda del Corregidor del Cuzco don Alonso Calderón de la Barca y Balta, y se convirtió en el actual monasterio de las Nazarenas. La fundación tuvo lugar en 1727 y en 1730 se inauguró con toda solemnidad, sacándose en procesión la efigie del Señor de los Milagros.

Desde entonces, periódicamente, el 18 de octubre, se repite esta procesión, que es una de las pocas que se conserva con la antigua magnificencia y que todavía interesa bastante la piedad del vecindario, que no puede olvidar la amenaza de los temblores a que está expuesta la ciudad.

Dicha procesión o romería dura dos días, durante los cuales recorre algunos barrios y visita los templos de la Concepción, Descalzas, Buena muerte y Santa Catalina.

Es un espectáculo imponente.

Desde la víspera de la fiesta, la Plazuela de las Nazarenas se ve invadida por una apiñada muchedumbre. Se ofician en la Iglesia, ante un concurso siempre numeroso, las distribuciones que prescribe el rito.

Al día siguiente se repiten los oficios y se acerca, por fin, el momento de la procesión. Los fieles largos ratos reunidos esperan ansiosos. La iglesia apenas los contiene y la Plazuela y las calles vecinas hormiguean de espectadores.

Allí se distinguen los miembros de las varias “cofradías”, revestidos con mantones blancos, rojos o azules, con grandes cirios adornados de sus respectivos lazos en cintas vistosas. Las sociedades femeninas de piedad y beneficencia, con trajes negros y bandas y collares de color, a cuyo extremo penden medallas o insignias diversas. Sirvientes con azafates de mixtura e innumerables sahumadoras. Armadas de bracerillos de plata que impregnan la atmósfera con los perfumes de incienso.

Llega el momento preciso. Se distribuyen en el templo velas de cera a todos los presentes y se inicia el desfile, al mismo tiempo que las músicas militares rompen con aires de marcha, las campanas de la iglesia se echan a vuelo y se disparan cohetes y petardos atronadores.

Comienza la procesión. Entre líneas paralelas que se forman por los concurrentes en ambos lados de la calle, avanzan los sirvientes de la parroquia, llevando estandartes ricamente bordados, altos faroles, pendones y banderas.

Luego desfilar lasa personas notables del barrio, alumbrantes, cofradías, mujeres cargadas de flores, banderitas, dijes y otros objetos lujosos. Viene enseguida la efigie del Señor de los Milagros, que es un lienzo, de tamaño natural, en un gran marco de plata cincelado con especial esmero cubierto de infinitos exvotos de oro, plata y piedras preciosas, que lucen entre flores artísticamente aderezadas. Va sobre un anda espaciosa de madera tallada con dibujos de colores y que marcha entre hombros de catorce negros escogidos especialmente entre los muchos que se ofrecen voluntarios.

El anda lleva infinitos cirios encendidos y camina lentamente, con paso acompasado, escolta por un piquete de soldados, con arma al brazo, la cabeza descubierta, y la gorra a la espalda, retenida al cuello por las respectivas carrilleras.

Tras ellos marchan grupos de sacerdotes y de beatas que se distinguen por sus hábitos blancos, morados y carmelitas, con cinturones y correas de cuero negro. Después cierran el cortejo una orquesta y el concurso numerosos de fieles.
Nada más bizarro que esta romería. A primera vista sorprende y choca; pero agrada e interesa.

El concurso avanza a compás con aire reposado y solemne. Los acordes de la música uniforman el paso y se percibe el balance de la multitud caminando con ritmo pronunciado, como si fuera dando bordadas, cual navío colosal movido suavemente por las olas.

En los cruceros o esquinas de las calles, se detienen por momentos el concurso. Algunos sacerdotes entonan salmodias de canto llano, se sueltan palomas y de los balcones y ventanas del tránsito, lleno de espectadores y adornados con lujosas colgaduras, se arrojan flores, perfumes y mixtura. También suele dispararse cohetes y petardos.

Tal es la procesión de los Milagros, espectáculo tradicional, que aún conserva gran parte de su antigua magnificencia, pero que tiende a decaer como todas las vetustas prácticas del coloniaje.

(SIC)
DE: Ricardo García Rosell, Lima, 1841- Lima 1909, Narrador, poeta, periodista. Colaboró en las revistas “El Correo del Perú” y “Prisma”.
SIC. Latina SA. GLM.

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