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LA TRADICIÓN Y LA FE.-

DE: WILLY PINTO GAMBOA

Testimonio escrito o argumento verbal, siempre se ha dicho que el anónimo plástico que ejecutó la venerada imagen del Señor de los Milagros, procedía de Angola y que era un alarife vinculado a una “cofradía” situada en la banda oriental de la Lima cuadrada.

La locución “cofradía” alude al sentido de hermandad en una asociación o en un gremio durante la Colonia cuyos integrantes de color se unían por un origen común, o sea por la misma sangre, nostalgia o costumbre.

Los Angolas se enlazaban geográficamente a un territorio neridional del Africa dominado por el imperio lusitano y centro de un activo comercio esclavista, una demarcación hoy en día reconocida como la República Popular de Angola, una nación que exhibe como capital la bella ciudad de Luanda.

Luanda, según alcance lingüístico, fue llamada así debido a la actividad pesquera de sus remotos habitantes., los Axiluandas, ya que el patronímico traducido a la lengua de Camoens significa “los lanzadores de redes”.

Es casi seguro – la certeza la hace tangible una historia de codicia y barbarie – que el inonimado artífice de la imagen divina tuvo que realizar dentro de la “cargazón” nombre dado de la mercadería del ébano – un largo viaje marítimo desde Angola a Sevilla y de ahí, al Perú , con todas las consecuencias que implicaba esta trata infame, o en “derechura” – otro vocablo del comercio negrero- es decir, sin acoderamiento previo del navío en puerto español, un modus operandi filibustero utilizado por la voracidad esclavista portuguesa.

En el siglo XVII, en 1654, el expatriado de ultramar que había terminado de siervo en el valle del Rímac, traza en muro interior de su “cofradía”la figura del Galileo, generándose a poco un culto circunscrito o secreto, tan confidencial como la comunicación por el “Kimbundu”, el habla oriunda de Angola; para después el ritual encubierto propagarse en una oración ostensible.

El 13 de Noviembre de 1655, la costa peruana soportó un terremoto terrible; entre las aterradoras grietas y el hacinamiento de escombros, solo permaneció en pié a la vista de un pueblo dolorido y turbado, la pared con el lienzo del Angola .

Con los años, a propósito del sismo, muerto o muy cargado de años- el dato exacto se pierde en el tiempo- el Angola del fresco la “cofradía” abandona su primitivo solar y seguidamente, el propietario del inmueble – es la voz de la tradición- empecinado en borrar una efigie que consideraba irreligiosa o herética, hizo aplicar sucesivas manos de creta, reapareciendo para asombro del grupo presente frente a la porfía del mayorazgo, en cada pase de la cal, la imagen nazarena cada vez mas nítida, mas clara, sobre todo en el contorno del verde-olivo de la corona de espinas y el azul cielo.

La persistencia del perfil o el prodigio, corrió como prendido reguero de pólvora entre los habitantes del suburbio y, en 1760, un nativo cirineo, Andrés de León, se dedicó a preservar la estampa de la humedad y la garúa. Con pobreza, corto de medios, a la falta de bayeta, armó una ramada. Era la época en que la fe, dejando el arrabal, ganaba rápida la casa solariega y el “buen apellido”, empezando un profuso ornamento floral y la ofrenda agradecida en platería y filigranas de oro.

El 18 de Octubre de 1687, la ciudad de Lima sufrió un maremoto, borrando el Pacífico en el Callao y Chancay rúas enteras con un crecido saldo luctuoso. Pasado el siniestro, el Cabildo decidió nombrar al Señor de Pachacamilla, patrón de la urbe. Arquitectónicamente, a la ramada de Andrés de León, siguió el levantamiento de una reducida capilla en 1724, el espacioso Monasterio de las Nazarenas.

Como en innumerables denominaciones que la sabiduría popular perfila o decanta a su real entender, el Cristo de las Maravillas, nombre del Salvador, estampado en el solar de la “cofradía”, se cambia por El Señor de los Milagros, un epíteto seguramente mas acorde con el sentir complacido del devoto que tanto recibe en indulgencias y perdón.

En suma, toda una rica tradición atada a un fervor, el cual es confirmado, año tras año, en octubre, en una adhesión profunda y creyente, cuando el Crucificado que concibiera un imaginero africano apelando a un arte sublime acaso para liberarse de su desarraigo infeliz, recorre en hombros “hermanos”, una Lima medio volada y babélica, que al menos por tres días, entre cirios, morados atuendos y una callada oración, regula su fe y mas o menos se torna contrita.

Latina SA. (SIC) GLM.

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