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SEBASTIÁN DE ANTUÑANO

Del Mayordomo que sucedió a Gonzalo de Montoya es muy poco lo que sabemos. Su periodo no parece haberse extendido más allá de dos años, pues ya en 1684 parece haberle sustituido Sebastián de Antuñano Era éste un buen Vizcaíno venido al Perú en busca de una herencia que un pariente suyo le había dejado en su Testamento, pero también al olorcillo del oro de Carabaya y la plata de Potosí. Era, con todo, un hombre honrado a carta cabal y de fe tan sólida como las montañas de su nativa Tierra. Siendo todavía de catorce años, dejó las playas de Cádiz el año 1667 y, después de correr algunas peripecias, hizo su entrada en la ciudad de los Reyes a principios del año 1668. Quiso su buena dicha que en lugar de andar a estocadas y con el arma al brazo por la meseta del Collao, como lo hacían entonces muchos de sus paisanos en guerra abierta con los Vicuñas, se quedase en Lima, donde no todo le salió a pedir de boca.

Halló, no obstante, decidida protección en D. Nicolás de Olabarrieta, paisano suyo y Caballero de la Orden de Santiago que tenía en la ciudad fama de rico mercader. Este le tomo a su servicio, le nombró su cajero y, por asuntos de negocios, le envió más tarde a España. Embarcó se en el Callao el año de 1669 rumbo a Panamá y al siguiente año se encontraba en la Villa y Corte de Madrid donde permaneció hasta 1671. Tenía su morada en la calle de Atocha, enfrente a la Iglesia, hoy desaparecida, de los PP. Trinitarios Descalzos, donde se veneraba una devota imagen de Cristo Nuestro Señor denominada de la Fe. Aquí parece haberle Dios inspirado el deseo de llevar a cabo una obra que redundara en honra y gloria suya y, a su manera de ver, pensaba que le había de realizar no en España sino en el Perú, donde con diligencia podría reunir el dinero necesario para esta empresa. Después de darle muchas vueltas al asunto tomó el camino a Sevilla y de ésta ciudad pasó a Cádiz, donde por segunda vez se metió en uno de los navíos que el año de 1672 soltaron las amarras y se hicieron a la vela para Cartagena y Portobello, a las órdenes del General Don Diego de Ibarra.

Corría el año de 1673 cuando hacía de nuevo su entrada en la Ciudad de los Reyes. Antuñano ya era otro hombre. Muy lejos de tentarle la codicia, se hizo pobre por Cristo y cuanto ganaba con su trabajo e industria lo iba poniendo a fin de poder emplearlo en su obsequio, una vez que tuviese conocida la voluntad de Dios. La fortuna no le fue esquiva, antes bien llegó a reunir una más que mediana hacienda para un hombre de su clase y desprovisto de familia. Su honradez y la ayuda que le prestaron sus paisanos, dedicados muchos de ellos al comercio, le proporcionaron buenos pesos y él con su industria los multiplicó, haciendo el intento dos viajes a la feria de Portobello, donde se hacían pingues ganancias y se daban cita los gruesos mercaderes de todo el virreinato. Hacia el año de 1684 realizó el último viaje a Tierra Firme y ya para aquel entonces su fortuna no bajaba de 14,000 pesos. El mismo confiesa en sus notas biográficas que más de un buen partido se le presentó y, además, que eran varios los que le solicitaban para hacer compañía o servirse de él en sus negocios. Otro era el rumbo que abría de tomar. Como buen cristiano había escogido por confesor al P. Francisco Sotelo de Santo Domingo, y tanto con él como con el agustino Fr. Alonso de Saldaña, había consultado muchas veces su propósito de retirarse de hacer vida solitaria.

Así pasaron 10 años, al cabo de los cuales, por el mes de Julio de 1684 vino a tocar a las puertas del Noviciado de la Compañía de Jesús, a fin de que se le permitiese en aquel retiro hacer, como lo acostumbraban otros caballeros y hombres de bien ocho días de Ejercicios Espirituales. Salió de ellos con mayor fervor y Dios que guiaba sus pasos le inspiró el deseo de hacer un visita a la ermita del Santo Cristo de los Milagros. Fuese allá llevando consigo unas cuantas libras de cera para que ardiesen a pié de la imagen y unos cuantos reales para darles la limosna. Entró en la humilde Capilla, oyó en ella misa y, al contemplar la imagen del Crucificado, sintió que una voz interior le decía: “Sebastián, ven a hacerme compañía y cuidar del esplendor de mi culto”. Su mente se esclareció y los deseos que había concebido allá en Madrid tuvieron para él clara explicación. Había venido allí, atraído por el Santo Cristo y allí permanecería hasta su muerte. Postrado ante sus plantas se ofreció a su servicio y le dio palabra de que había de ser su esclavo.

Como lo dijo, lo cumplió. Casi por el mismo tiempo. Dios había traído de Guayaquil a una buena mujer, llamada Antonia Maldonado y Mendoza, la cual, después de su viudez no pensó en otra cosa sino consagrarse a su servicio, imitando en todo, hasta en el traje las virtudes del Divino Nazareno. También ella por caminos invisibles había de llegar hasta la ermita del Santo Cristo de los Milagros y ambos, a dos, el devoto Vizcaíno y la beata Guayaquileña, habrían de ser los fundamentos sobre que había de levantarse el culto al Señor de los Milagros y el Instituto de las Religiosas Nazarenas.

Pero volvamos a nuestro Sebastián. Al salir de la ermita pudo darse cuenta de la necesidad que había de adquirir los terrenos vecinos a fin de ensancharla y dotarla de sacristía y de las habitaciones necesarias para su custodia. Preguntó quién era el propietario de ellos y se le respondió que D. Diego Tébes Montalvo Manrique de Lara. Como no le conocía hubo de valerse d tercera persona para entrar en tratos con él y éste fue D. Nicolás de Ávalos. En un principio D. Diego pareció estar llano a enajenar todo el terreno que fuese necesario, pero luego se volvió atrás y, pretextando que aquellos solares pertenecían al vínculo de su mayorazgo, se negó a venderlos. Dice Antuñano, en sus apuntes que sería largo y molesto referir los altos y bajos, los enredos y socaliñas de que echo mano D. Diego, sea para dificultar la venta, sea para conseguir un precio más elevado. Dos años duró la contienda desde Julio de 1684 hasta Junio de 1686, en que se le dio a Antuñano franca posesión.

Los pormenores de este litigio no carecen de importancia porque nos dan la medida de la paciencia de Antuñano y nos revela el sin número de dificultades que hubo de vencer para asegurar el culto al Santo Cristo. Hízose, primero la tasación de todo el sitio y los alarifes elevaron el precio, solo por contentar a D. Diego que a la sazón era Regidor del Cabildo. Fijó se la cantidad de 6,500 pesos, más el propietario no se avino a firmar la escritura en tanto no se le diesen otros 500. Hubo de ceder Antuñano y se acordó que el pago había de hacerse a censo perpetuo, irredimible y al cuatro por ciento. El sitio ocupado por la ermita no estaba comprendido en la venta, porque de él aparentemente hacía D. Diego donación y así quería que constara en la escritura, pero a espalda de ella exigió a Antuñano, primero 500 pesos y luego subió hasta mil. El 14 de Marzo de 1685 y en la escribanía de Alonso Martín de Palacio se iba a firmar el contrato, pero éste sobornado por D. Diego no compareció. Días más tarde el propietario presentó escrito de nulidad con el maligno propósito de obligar a Antuñano a elevar el precio de compra.

La Paciencia del Vizcaíno llegó a agotarse. Fue a buscar a D. Diego y lo encontró en la proximidad de las casas del Cabildo, hablando con el Alcalde D. Juan de la Cerda, Antuñano le afeó su proceder y le pidió le devolviese su plata. D. Diego levantó la voz y sacando una daga que llevaba al cinto le amenazó. Ni cobarde ni perezoso, Antuñano, sacó su espada, y se dispuso a defenderse. Mediaron los presentes y, a Dios gracias, todo paró allí. Pasó el tiempo y como siempre sucede que la cuerda se rompe por el lado más delgado y la vara de la justicia se tuerce, si de por medio hay dinero o poder, Antuñano tuvo que dar lo que se le pedí esto es 8,000 pesos por unos solares que no valían la mitad y mil pesos por el sitio de la Capilla que no valía 200. La entera posesión de ésta sólo la obtuvo el 23 de Diciembre de 1694.

Ayudó le en esta buena obra un caballero llamado Gaspar de la Cuba y no menos el Duque de la Palata, que por entonces gobernaba estos reinos. Lo más urgente era adecentar el sitio, convertido en parte en muladar y afeado por la vecindad de un rastro o matadero que contribuía al desaseo de la Capilla y la infestaba con sus malos olores. 5,000 pesos costó el deshacer el muladar y terraplenarlo, y otros 8,000 el ensanche y la mudanza del rastro aparte más distante, siendo necesario acudir para ello a la Real Audiencia y gastar otros 3 ó 4,000 pesos. Fuera de estas adquisiciones, se compró al Convento de Sto. Domingo una casa huerta en 1,400 y a la Merced otro solar, vecino al de D. Diego Tebes, de modo que se pudo dotar a la capilla de cuanto había menester., hasta de una huerta pequeña, y se abrió calle entre la misma y el nuevo rastro, de modo que el conjunto venía a ocupar cerca de una cuadra entera.

De este modo Sebastián de Antuñano vino a ser el dueño y mayordomo de la capilla del Señor d los Milagros, o, como él dice en su Relación, de la Casa y Santuario de la Santísima Trinidad y Santo Cristo de la Fe y Maravillas, prueba de que aún no se había olvidado de su devoción al Cristo Madrileño. Allí paso a vivir, tanto para cuidar de la imagen como para atender a la fábrica de la capilla que lentamente se fue haciendo con las limosnas que daban los devotos, pues Antuñano había consumido casi todo su caudal en la compra del terreno. Deseando, además, que la autoridad eclesiástica reconociese y aprobase los prodigios que se decían obrados por la imagen y su extraordinario origen, redactó, según parece el año 1689, la relación a que tantas veces hemos aludido y la presentó al Provisor de Arzobispado para que judicialmente se verificase la verdad de la admirable manifestación de ´’este que él llamaba tesoro, a fin de que se “eternizase y perpetuase en los corazones de todos la mayor y más cordial devoción a Cristo Crucificado en su imagen de la Fe y Maravillas y Milagros”. Ignoramos si el Arzobispo D. Melchor de Liñán tomó alguna providencia al respecto y nos inclinamos por la negativa, pues en caso contrario tan importante documento no faltaría en el archivo del Monasterio y de él hubieran hecho mención cuantos se han ocupado de ésta Imagen, empezando por el propio Antuñano.

Este andaba vestido de pardo y con una caña en la mano al estilo ermitaño y se había conquistado el aprecio de todos, pero como Dios a sus escogidos los sella con su cruz no pudieron faltarle al buen vizcaíno trabajos y molestia. La más pesada le sobrevino el año 1696, cuando ya llevaba doce años al cuidado de la capilla y con cargo de mayordomo. El 27 de Marzo el Dr. José Lara y Galán, Promotor Fiscal, pidió por escrito al Provisor se le exigiese cuanta de las limosnas y aprovechamiento del sitio que se había comprado en la vecindad de la ermita. El Provisor dispuso que se le notificase el auto a 30 del mismo mes, pero como pasasen los seis días que se habían dado de término y Antuñano no se presentase, el Dr. Lara y Galán renovó su petición. El 6 de Abril se volvió a conminar a Antuñano para que compareciese y aún se le amenazó con la excomunión, si no obedecía el mandato del Provisor. El 7 parece que el Notario le notificó la orden, más por causas que ignoramos tampoco se presentó. Alguna excusa debió tener porque el tercer apercibimiento sólo se llevó a cabo el 6 de Junio y, al fin, habiéndose presentado, se dispuso se dispuso el día 15 que respondiese por escrito lo que tuviese que alegar. En los autos que originales existen en el Archivo Arzobispal termina aquí el litigio, sin que se añada ninguna otra nueva providencia. Es posible que el Provisor se diese por satisfecho con el alegato de Antuñano o se sobreseyese en el asunto por otras razones, pero, sin duda, que no dejó de mortificar al buen vizcaíno una medida que arrojaba alguna sombra en su reputación y buen manejo. Dos años más tarde en 1698, escribía en sus apuntamientos, que le había ocurrido a él un caso parecido al que cuenta Santa Teresa en el Libro de sus Fundaciones. Estaba presa por mandato de sus prelados y sin poder llevar a cabo la fundación que proyectaba y en su desconsuelo le manifestó el Señor que mientras en la tierra se trataba de impedir la realización de lo que tanto anhelaba, Él estaba disponiendo todas las cosas para que tuviese efecto, Así dice, ha sucedido con la Fundación del Beaterio de Jesús Nazareno que como complemento de la Capilla ya existente pensaba entonces crear, suscitárnosle contradicciones, se escribió en su desfavor al Consejo de Indias, pero, al fin. Se sobrepuso a toda la voluntad de Dios que había de dar estabilidad al culto del Santo Cristo con el establecimiento del Monasterio de Carmelitas Descalzas Nazarenas

FUENTE: RP. Raúl Vargas Ugarte
El Santo Cristo de los Milagros.
GLM.

 


 


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