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EN OCTUBRE LIMA SE TIÑE DE MORADO.-

De: TEODORO NÚÑEZ URETA.-

Cada año en Octubre, la fe religiosa de los limeños debilitada por los días grises y húmedos de su invierno, con las lloviznas que nunca aprenden a llover y los duros tiempos de inflaciones y carestías, cada año digo, esa fe se renueva tumultuosamente al pie del Señor de los Milagros.

Gigantescas masas de fieles llenan la ciudad, la tiñen del morado de sus hábitos y la cubren de olor de sus picarones y anticuchos, cuyo humo se disfraza en incienso para ascender a los cielos plomizos como una plegaria.

Lejos de las procesiones deshilvanadas y ralas de otros santos, en las que van las filas de los fieles avanzando despacio, dóciles a las órdenes del padrecito, mientras que adentro caminan, con un pasito manso, los que llevan las imágenes y rezan y cantan con mesura piedad, en los Milagros hay que apretarse, sudar, empujar y ser empujado, recibir los pisotones y magulladuras en nombre del Señor, quemarle la ropa al que va adelante con la vela encendida y sin querer y resignarse a que se la quemen a uno de los que vienen detrás. Dejarse llevar a ratos por el aire y aturdirse al fin en ese rumor de oración y de arrebato que flota sobre la hirviente y morada muchedumbre.

Entre tanto, otros miles de files esperan la procesión en las esquinas, en las plazas, sentados en las aceras, comiendo, bebiendo, atendiendo a las criaturas en sus necesidades, con los sustos el chico que se pierde o del ladrón que se lleva una cartera y con los coqueteos de las guapas que encienden sus ojos bajo la mantilla. ¡Ahí viene... ¡ - gritan de pronto – Y a varias cuadras, se ve una masa violácea que va cundiendo por las calles y devorando todos los espacios que se le abren. Y la procesión llega. Muy despacio, deteniéndose con frecuencia a recibir una lluvia de flores desde algún balcón limeño adornado de bellas mujeres y de vistosos mantones coloniales; pero llega.

Avanza primero un aglomerado inquieto de fieles, efervescente y piadoso a la vez, casi todos caminando de espaldas, de cara a la imagen sagrada. Por el centro, un compacto grupo de mujeres, todas con mantillas blancas o negras, iluminadas de luces rembranescas que les bailan en la cara con barrocos sahumadores de incienso y grandes velas encendidas, elevan cantos poderosos que se alzan como un viento iluminado, agitando las flores blancas, el oro de los milagros y el tembloroso fuego de las velas encendidas que rodean a la imagen milagrosa. Ahí va ella, alta, majestuosa, orlada de miles de figuras de oro en forma de corazones, destellante el marco de plata que protege el lienzo inmortal de la TRADICIÓN, el que un pintor anónimo pintara hace tantos años y que ahora, como un poderoso imán, sostiene unida la piedad de un pueblo. Negros fornidos y morenos de todos los matices, tomados del brazo, severos en su responsabilidad, avanzan cargando la imagen con un paso de vals cadencioso y lento que el jefe de la hermandad marca solemnemente.

Estandartes; el Palio de la iglesia y sus ministros . Lo mejor de la política y de la vida social al amparo de ese Palio; las autoridades de la ciudad con sus gestos graves y piadosos y, alrededor, un cordón de morenos manteniendo a empellones el espacio oficial. Y flores rojas y blancas, mantillas, trajes negros y morados, velas, mixtura de flores frescas en el aire, marchita y sucia en el suelo. Y gritos ofreciendo escapularios, estampas, medallas, oraciones, milagros, recuerdos; quejándose, protestando, clamando por el milagro en que se ha soñado.

Detrás del Palio la imagen de la Virgen Dolorosa, de un luto brillante, con el pecho lleno de puñales y de estrellas y debajo de ella más mujeres cantando y sollozando. Y los músicos del ejército, inmutables resoplando sus tonadas y sus marchas. Y gente, ¡ gente ¡, acometiendo, empujando, corriendo y atropellando; los niños chillan, mujeres indignadas, tipos que esconden sus risas por lo que hacen, entre los acentos de la marcha y el rumor de la muchedumbre, que pronto comenzará a romper la procesión en todas las direcciones.

En ese momento, la violencia es como la de un mar encrespado y la masa humana ondula y se agita como las ondas del agua proyectando sus ritmos., que alcanzan con furia a los que estaban afuera, pegados en la pared en las aceras y que responden al golpe con la misma enfervorizada violencia.

   Finalmente, la inmensa muchedumbre, morena se desgrana como una fruta gigantesca y por todas las calles de la ciudad se extiende de regreso, agotada, derrotada casi; pero llena de piedad interior y de satisfacción por el sacrificio que le ha ofrecido al Señor.

Por días y días la ciudad entera parece como santificada, recargada de fe, sosteniendo la piedad de la pobre gente que no tiene otro sustituto para la incertidumbre y la pobreza. No importa el esfuerzo gastado y la basura que quedará por mucho tiempo resbalando en las calles.

Permanecen en la memoria los personajes que iban surgiendo al paso de la procesión; las negritas graciosas y bellas, sus madres severas sus amigas, los niños con sus trajes morados, lo grupos familiares; los guardianes del Señor, serios, fornidos, saturados de sus funciones sagradas; las mujeres piadosas cargando cruces enormes en penitencia de los pecados de los otros, a veces con los pies descalzos, a veces de rodillas.

El viejo creyente, fiel al Señor, con el hábito descolorido y su doblada espalda cargada de infortunios. Y los diversos y pintorescos grupos de gente piadosa, de gente curiosa, de todas las edades y condiciones, yendo, viniendo, descansando, bebiendo, comiendo.

Los sociólogos, sin duda harán estudios profundos de esta manifestación social y religiosa que es la Procesión del Señor de los Milagros y de las razones por las que ella compromete a todos los niveles sociales, raciales y económicos de la ciudad. A nosotros nos basta considerar su poder colectivo, su riqueza emocional y su inagotable caudal de seres humanos movidos por la fe, por la superstición, por el sufrimiento, o la ternura, sin que puedan ignorarse, a la vez todas las deformaciones y oportunismos inherentes a la condición humana.

(SIC) Latina SA. GLM    GLM

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