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LOS PRIMEROS MAYORDOMOS.-

Hasta el punto en que llega nuestra Historia el sitio sobre el cual se había levantado el galpón o ermita del Santo Cristo no había sido reclamado por su propietario. Este solar y los colindantes se consideraban como tierras baldías y sin valor, dado que la ciudad no avanzaba por aquel lado y por esta razón los que a ellas podían tener derecho no se cuidaban mucho ni poco de que allí se alzara una rústica vivienda. El crecimiento del culto a la venerable imagen despertó la atención de los dueños y hubo que entrar en tratos con ellos para asegurar la posesión. El sitio pertenecía desde antiguo al mayorazgo de Doña Juana Cepeda y Villarreal, mujer que había sido de Hernán Gonzáles de la Torre, uno de los primeros conquistadores, los cuales habían cedido, a la llegada de los primeros agustinos, la casa y solares en donde se alza hoy la Iglesia de San Marcelo, con el fin de que llevaran a cabo la fundación de su Orden. Una hija de este matrimonio, Doña Juana Gonzáles de la Torre u Cepeda Villarroel, se casó en Lima con Don Francisco Manrique de Lara y, en virtud de este enlace, pasó a ser de los Manrique de Lara todo el terreno que se extendía al oriente de la citada iglesia.

Por entonces poseía el solar de Pachacamilla Don Diego Tebes Montalbo Manrique de Lara y Cepeda, hijo de Don Diego Tébes y Doña María Manrique de Lara Gonzáles Cepeda, Caballero de la Orden de Santiago y Alcalde Ordinario que fue de la ciudad de Lima en 1683 y en 1686. Con éste hubo de entenderse el Mayordomo Don Juan de Quevedo y Zárate, y el 17 de Diciembre de 1671, ante el escribano Sebastián Carbajal, se extendió la escritura de venta, por la cual dicho Don Diego Tebes entregaba a Quevedo, como “mayordomo de la fábrica de la Capilla del Santo Cristo” no solo el sitio que ella ocupaba y era, como se deja entender, bastante reducido, sino además “toda la tierra necesaria de la huerta que tengo arrimada al muladar de Pachacamilla para que se haga por su cuenta y orden todos los adobes que fueron menester para la Sacristía calle(sic) cogiendo desde donde hoy está el Santo Cristo hasta la dicha calle… “

Se ve, por lo dicho, que hasta entonces no se había construido nada sólido y que los alrededores del galpón se hallaban convertidos en muladar. Juan de Quevedo tomó a su cargo la obre de la capilla. (Archivo Histórico Nac, de Lima. Protocolo de Sebastián de Carvajal (1671.).Mía, el Bachiller Juan Gonzáles de Montoya, esta primera ermita fue también humilde, “cercada de esteras”, esto es techada de esteras, y fuera de ello no se hizo más que “encajonar y asegurar la Santísima Imagen, para su duración y por haber cesado totalmente las limosnas se retiró y me la dejó en la forma referida y, viendo yo no estar decente, hice la Iglesia presente.

Lo del encajonamiento merece párrafo aparte. Antuñano también nos habla de esto y añade por menores que esclarecen el suceso. Refiriéndose a la prodigiosa conservación del lienzo de pared sobre el cual se había pintado la imagen, dice que en algunas ocasiones de temblores las figuras de San Juan y de la Virgen se habían maltratado y temiendo no sucediese lo mismo con la del Santo Cristo, “a instancias del Señor Virrey” se trató de repararlo y para este fin de mandó llamar al P. Fr, Diego Maroto de la Orden de Santo Domingo, Maestro Mayor de Alarifes (Maestros de obra) de la ciudad, y a Manuel de Escobar, uno de los mejores Arquitectos que había ese entonces en Lima.

Ambos reconocieron el muro y discurrieron sobre la mejor manera de asegurarlo y repararlo y llegaron a la conclusión de que era imposible, a menos que fuese por un milagro, el que se hubiera podido conservar en pié y mantenerse por tanto tiempo, sin cimientos y todo taladrado de las humedades de una acequia y del salitre que corría al ras del suelo y que servía para regar un huerta, pero que se podía, aunque con gran riesgo, solevar y levantar la pared con palancas y otros instrumentos y en el mismo lugar del cimiento abrirle otro mayor, más profundo y seguro para poder labrar en un pedazo de lienzo de pared de cal, piedra y ladrillo y en ella hacer un nicho en que poder recibir, encajonar o embutir la pared antigua en que estaba la Santa Imagen.

  • Autos seguido sobre la Mayordomía etc. Arch. Arzob. Lima.
  • El Conde de Lemos, según la relación de Antuñano. El Conde de la Moncloa, si hemos de creer al informe del Cabildo Secular de Lima, del año 1718, reproducido íntegramente en el apéndice, mandó reforzar el cajón de mampostería que se hizo para defender la Imagen.

En vista del informe de los peritos, el Conde de Lemos, según Antuñano, mandó se llevase a cabo la obra por ellos indicada y con las debidas precauciones se empezaron los trabajos. No era cosa fácil aislar el muro y rodearlo de otro de mampostería que le sirviese de marco y se temía que pudieran desunirse los adobes con daño de la pintura. Viese entonces, dice las tantas veces citado Antuñano, que una mano invisible cuidaba de que la imagen no sufriese alteración. “Al levantar, dice, con las palancas y puntales el muro, todos los demás adobes que ocupaban las imágenes de la Santísima Virgen y penitente Magdalena se destrabaron y desunieron, cayééndose al suelo, y juzgaron los maestros alarifes y demás circunstancias se quedaban sin la imagen de Jesucristo, viendo desunirse y destrabarse los adobes dl pedazo de pared en que estaba, más no fue así, porque no permitió la Majestad Divina llegase la desunión a la Santa Cruz ni a su Santa Imagen….

Quevedo y Zárate no pudo hacer otra cosa en los ocho años escasos que duró su Mayordomía, pues vino a fallecer en el mes de Abril de 1679, pero merece nuestro reconocimiento por haber emprendido una obra que aseguró en cuanto a los hombres depende, la conservación del Santo Cristo. La ermita mejoró un tanto, pero todavía las limosnas de los fieles eran escasas y hasta parece, por lo que dice su sucesor, cesaron del todo.

Alternativas de la piedad que, como todo lo humano, es veleidosa y mudable. A la muerte de Quevedo, Don Diego Tebes Manrique de Lara, que como propietario del sitio y benefactor de la ermita ejercía el patronato de la misma, nombró por Mayordomo al Lic. Juan González de Montoya.

Éste se hizo cargo de ella en 1679 y continuó a su cuidado hasta el año 1681. En el alegato que presentó en su descargo ante el Provisor del Arzobispado dice que había nombrado por Sacristán a un virtuoso mestizo, al cual daba casa y tres pesos por su trabajo, y un indio demandante que recorría la ciudad y los alrededores a caza de limosnas, si bien éstas no llegaban a cubrir los gastos, por lo que se había visto obligado a suplir la falta con sus propios bienes. Además, visto que la ermita resultaba poco decente, había hecho fabricar una pequeña Iglesia y había mandado hacer un Tabernáculo de madera a Diego de Aguirre, famoso maestro ensamblador, a quien entre otras obras se le debieron la del grandioso retablo del Templo de San Agustín y del de la Trinidad de Monjas Bernardas. Pudo realizar esta obra gracias a un legado que le hizo una penitente suya y, fuera de lo dicho, proveyó a la Capilla de incensario, ornamentos, un Sagrario u hornacina para la Virgen de Gracia y el manto y túnica que vestía.* El 08 de Abril de 1682 el Promotor Fiscal había requerido al dicho Montoya para que diese cuenta de las sumas que habían entrado en su poder, desde el punto en que fue nombrado en su poder, desde el punto en que fue nombrado Mayordomo y, en el mismo auto, daba por terminada su labor, nombrándose en su lugar a D. Juan López de Saavedra. El Bachiller Gonzáles de Montoya hubo de responder a los cargos que se le hacían y en vista de los alegado y probado se le exoneró de dar cuenta de los ingresos de la Capilla antes de la fecha en que se hizo cargo de la mayordomía, se le mantuvo en el oficio de Capellán de la “Capilla del Santo Cristo de los Milagros que está en el barrio del Mesón Blanco”, pero se confió el cargo de recaudar las limosnas y de la administración de las mismas al ya citado Juan López de Saavedra.

  • Esta Virgen de Gracia tiene su Historia y merece consignarse aquí. Tanto Gonzáles de Montoya como Antuñano nos hablan de ella y de ambos nos hemos de servir como de fuentes…..

Justo es decir, en elogio de Gonzáles de Montoya, que no vaciló en recurrir al mismo Rey, pidiendo ayuda para la fábrica de la Capilla del Santo Cristo. Su memorial obtuvo en respuesta una Real Cédula que vamos a trascribir porque es el primer documento oficial en donde se hace expresa mención de un suceso ya referido e íntimamente ligado a la historia de la imagen. Dice as así: El Rey, Muy Reverendo en Cristo Padre Arzobispo de la Iglesia Metropolitana de la Ciudad de los Reyes en las Provincias de Perú, de mi Consejo. Por parte del Licenciado D. José (sic) Gonzáles de Montoya ya se me ha representado que, habiéndose manifestado que pintado en la pared de un muladar de esa ciudad una imagen de Cristo Crucificado la mandó borrar por la indecencia del lugar el Conde de Castellar que fue mi Virrey de esa Provincia y que habiéndole ido a ejecutar un indio, quedó a la sazón inmóvil, a vista de mucha gente, oscureciéndose al mismo tiempo el cielo, siendo las cuatro de la tarde y lloviendo con gran exceso, por cuyas manifestaciones y otras que a obrado esta Santa Imagen se intitula el Cristo de los Milagros y por esta causa se le dio culto y comenzó a fabricar una Capilla que no se ha podido acabar, por no haber tenido caudal, suplicándome que atiendo a ello, fuese servido de mandar aplicar para el efecto referido alguna porción de vacantes de Obispados de estos Reinos. Y habiéndose visto por los de mi Consejo de las Indias ha parecido rogaros y encargados (como lo hago) asistáis a la fábrica de la Capilla con todos los medios que pudiereis por ser obra tan piadosa y en quien interesa el mayor servicio de Dios en la veneración y culto de esta Santa Imagen. Fecha de Aranjuez a 19 de Abril de 1681 años. Yo el Rey”

En este documento y en el auto, copiado en parte, expedido por el Promotor Fiscal el año de 1682, vemos aparecer por vez primera el nombre que había de conservar definitivamente el Cristo de Pachacamilla, o sea el de los Milagros. Solo había transcurrido una década desde la tentativa hecha para borrarlo, pero su imagen, lejos de desaparecer, como se había pretendido, adquiría nuevo fulgor y era evidente que no había sido la mano de los hombres la obradora de este prodigio sino la mano poderosa de Dios.

Bib. Nac. Lima. Ms. 0169
FUENTE: RP. Rubén Vargas Ugarte S.J.
El Santo Cristo de los Milagros.
GLM.

 


 


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